La historia de Georgia

Corría el 19 de mayo de 1973. Estaba embarazada por una violación en una salida de amigos. Había intentado ocultárselo a mis padres pero, por supuesto, se enteraron. Luego comenzó la presión. “¿Cómo vas a ir a la universidad con un bebé?”, “¿Cómo vas a mantenerlo?”, “Es solo una masa de sangre. Todavía no es un bebé”. Antes de tener tiempo siquiera de pensar qué quería, el aborto terminó.

 

Recordando esa época y sabiendo ahora lo que sé, comprendo que atravesé el clásico síndrome posaborto. Me convertí en una mujerzuela y dormía con cualquiera y con todos. Tenía relaciones sin protección y cada mes al descubrir que no estaba embarazada me hundía más profundamente en la depresión. Era rebelde. Quería que mis padres vieran en lo que me había convertido. Dejé la universidad. Intenté suicidarme, pero no tuve las agallas de cortarme las venas ni de pegarme un tiro en la sien. No podía conseguir somníferos, por lo que tomaba píldoras sin receta y alcohol.

 

Lo más difícil es intentar perdonarme a mí misma. Es una lucha diaria aceptar el perdón que sé que Dios me ha concedido. Y nunca lo olvidaré. Solo que ahora no quiero olvidarlo, porque me ayuda a evitar sentirme satisfecha conmigo misma.

 

No pasa un día sin que piense en el aborto. Es una lucha constante intentar superar mi culpa y depresión, incluso sabiendo que he sido perdonada. Temo el día en que estaré cara a cara con mi hijita y deberé explicarle por qué su mami la mató. Pero también pienso que soy una persona más amable y sensible de lo que podría haber sido.

 

*Publicado con permiso del Instituto Elliot